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Authors: Graham Joyce

Tags: #Intriga

La tierra silenciada

BOOK: La tierra silenciada
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Jackie y Zoe quedan atrapados en un alud mientras estaban esquiando. Finalmente, consiguen salir y vuelven al hotel para olvidar el desagradable episodio. Después del descanso salen de la habitación y no hay nadie. Es extraño. En el pueblo tampoco queda nadie. ¿Habrán sido evacuados debido al alud? De vuelta al hotel, intentan telefonear pero no hay cobertura. Tratan de huir al pueblo más cercano pero de nuevo no llegan a ningún lugar: los caminos les devuelven siempre al mismo punto de partida. Por otro lado, y pese a que llevan días en el hotel, los alimentos de la cocina siguen teniendo el mismo aspecto. ¿Dónde están? ¿Por qué parece que se haya detenido todo?

Una sorprendente novela que mezcla narrativa, suspense y elementos sobrenaturales para construir una trama que atrapa desde su inquietante inicio.

Graham Joyce

La tierra silenciada

ePUB v1.0

AlexAinhoa
20.08.12

Título original:
The silent land

Graham Joyce, 02/2012 .

Traducción: Carlos Milla Soler

Editor original: AlexAinhoa (v1.0)

ePub base v2.0

Para Sue, rescatadora

Recuérdame después de haberme ido

cuando, bajo la tierra silenciosa,

no me alcance tu mano temblorosa

ni pueda desandar lo recorrido.

Recuérdame sin más cuando perdido>

el sueño que soñaste, cual la rosa,

se deshoje, pues ya ninguna cosa,

promesa o ruego, llegará a mi oído.

Mas si me olvidas por un tiempo, amado,

al reparar en ello no te aflijas.

Si la muerte y los vermes han dejado

algún vestigio de mi pensamiento,

prefiero que me olvides si contento

estás a que me evoques y te aflijas.

CHRISTINA ROSSETTI,

«Recuerda»

1

Volvía a nevar: tenues copos de seis puntas, como los de un libro infantil, que se posaban en la manga de su chaqueta. El aire de la montaña, colmado de hielo y aroma a resina de pino, le aguijoneaba la piel. Zoe se llenó los pulmones y se deleitó con la tonificante frialdad de ese aire antes de exhalarlo. Y cuando la cresta de la montaña pareció asentir y contestarle a su vez con un suspiro, ella casi pensó que podría morir en aquel lugar, y sería una muerte feliz.

Si existen en la vida contados momentos que se nos presentan diáfanos y puros como el hielo, Zoe supo, cuando la montaña le devolvió el suspiro, que acababa de capturar uno de esos momentos y que ya nadie podría arrebatárselo jamás. Todo era nieve y silencio. Nieve y silencio. La detención absoluta de la vida: un ensayo y una anticipación de la muerte.

Pero su aliento caliente lo desmentía. Mientras aguardaba allí para iniciar el descenso, apuntó pendiente abajo los esquís, que sobre la nieve en polvo semejaban extrañas garras de intensos colores rojo y oro. «Estoy viva. Soy un águila.» A cientos de metros más abajo se desplegaba el perfil oscuro de Saint-Bernard-en-Haut, el pueblo y estación de esquí de los Pirineos donde se alojaban; al oeste se veían los irregulares picos y prominencias de la cordillera. El sol ya estaba alto; en cuestión de minutos llegarían otros esquiadores y romperían el misterioso embrujo de la mañana. Pero en ese momento tenían la nieve en polvo y la mañana solo para ellos.

Zoe oyó un murmullo a sus espaldas: era el avance sin esfuerzo de los esquís de Jake al coronar la montaña y alcanzarla a ella.

Jake se deslizó con un movimiento elegante hasta detenerse. En contraste con la indumentaria de Zoe —un traje de esquí lila y blanco a la última moda—, él vestía de negro, y el sol matutino reventaba con destellos iridiscentes en sus abultadas gafas negras. Se quedó inmóvil, compartiendo el instante con ella. En su imaginación, Zoe creyó ver elevarse el vaho de Jake como una tenue bruma nacarada. Él se quitó las gafas de sol y la miró con un parpadeo. Llevaba el pelo a cepillo y tenía unos ojazos azules que la habían encandilado en el acto, aunque bien era cierto que había tardado más en enamorarse de sus grandes orejas. Un único copo de nieve, enorme, flotó hasta prenderse de sus pestañas.

Jake quebró el silencio con un alarido de puro placer.

—¡Yuuujuuuuu!

Alzó los bastones y ofreció a la montaña un contoneo de culo. El eco de su grito reverberó en los cerros: una celebración y una violación de la naturaleza al mismo tiempo.

—Eso no está bien. Uno no va y le enseña el culo a la montaña así sin más, caraculo —reprochó Zoe.

—¿Por qué no, caraculo?

—No sé por qué no, caraculo. Yo solo te lo digo.

—No he podido contenerme. Esto es la perfección máxima.

Lo era. Era insuperable. Una perfección impoluta, como precintada y exhibida en un expositor.

—¿Listo? —preguntó Zoe.

—Sí. Vamos allá.

Zoe era la esquiadora más consumada de los dos. Jake podía ser más rápido, pero de un modo temerario, esquiando al límite mismo de su pericia. En distancias largas, ella lo ganaba de calle. Sin detenerse, tardarían quince minutos en bajar hasta el pueblo. Para subir, se necesitaba una hora y media con una combinación de telesilla y telearrastre, y luego bajaban en solo quince minutos. Habían madrugado para adelantarse en su primer descenso de la mañana a las hordas de esquiadores que estaban allí de vacaciones. Porque era precisamente aquello —la paz, el silencio, el polvo de nieve intacto y la sobrecogedora similitud con el vuelo del águila— la razón primordial para estar allí.

Jake emprendió el descenso por el lado oeste de la pista, empinada pero ancha, y ella la acometió por la franja este, trazando surcos paralelos en la nieve reciente. Mientras Zoe se precipitaba pendiente abajo, los esquís y la nieve se comunicaban entre sí en susurros, entablando una estremecedora intimidad. El mero sonido de sus propios esquís creaba la sensación de que un ser o una criatura sobrenatural la perseguía a toda velocidad contándole una historia al oído.

Pero en el borde de la pista, cerca de la hilera de árboles, percibió bajo sus pies el desplazamiento de una pequeña placa de nieve. Sintió una sacudida, como si un caballo intentara derribarla, y siguió adelante en línea recta por la línea de máxima pendiente para recobrar el equilibrio. Apenas había descendido trescientos metros cuando el susurro de los esquís dio paso a un retumbo.

En la periferia de su visión, Zoe vio que Jake se había detenido a un lado de la pista y miraba hacia arriba. Irritada por ese falso arranque, trazó varios giros hasta detenerse con un derrape y se volvió para mirar a su marido. El retumbo arreció. En lo alto de la montaña se elevaba algo semejante a una columna de humo gris, desplegándose en aterciopelados estandartes, como las divisas heráldicas de ejércitos de nieve. Era precioso. La imagen le arrancó una sonrisa.

De pronto la sonrisa se le heló en los labios. Jake descendía derecho hacia ella como una exhalación. En su rápido avance, tenía el rostro dilatado y movía los labios para decirle algo.

—¡Apártate! ¡Aparta!

Zoe supo entonces que era un alud. Jake, aminorando la marcha, blandió uno de los bastones en dirección a ella.

—¡Métete entre los árboles! ¡Agárrate a un árbol!

El retumbo, convertido ya en fragor, ahogó las palabras de Jake. Zoe enfiló la pista en línea recta, consiguiendo tracción a duras penas, intentando acelerar y alejarse de la fragorosa nube que rompía a sus espaldas como un tsunami en el mar. Aparecieron grietas quebradas en la nieve frente a ella. Inclinó los esquís hacia el borde de la pista, camino de los árboles, pero ya era tarde. Vio pasar junto a ella el traje negro de Jake, arrollado por la masa de humo y nieve, dando tumbos como un fardo de ropa en la lavandería. Acto seguido también ella se vio levantada y voló por el aire, rodando, retorciéndose, girando en medio de aquella densidad blanca. Recordó vagamente que en tales circunstancias había que protegerse la cabeza con los brazos. Por unos momentos tuvo la sensación de que se agitaba en el tambor de una lavadora, dando vueltas y más vueltas hasta caer tan pesadamente como para romperse las costillas. A continuación se oyó una especie de castañeteo, como el ruido amplificado de los maxilares de un millón de termitas masticando madera. Ese sonido le llenó los oídos por completo y apagó todo lo demás, y a eso siguió el silencio, y la absoluta blancura se degradó, primero en gris y luego en negro.

Silencio absoluto, oscuridad absoluta.

Zoe intentó moverse pero no pudo. Enseguida notó que le faltaba el aire, porque tenía la boca y los orificios nasales repletos de nieve. Expectoró parte de la nieve acumulada en la garganta. Percibió el frío goteo de la nieve en el fondo del conducto nasal. Volvió a toser y logró aspirar una bocanada de aire.

Si esperaba recobrar el conocimiento en medio de la blancura de la nieve, no fue así: todo era negrura. Podía respirar, pero apenas moverse. Flexionó los dedos dentro de los guantes de piel. Conservaba solo un micromovimiento. Advirtió que tenía las manos aprisionadas a unos veinte o treinta centímetros por delante de la cara, y los dedos totalmente abiertos. Trató de doblarlos, pero dentro del guante nada se movió más allá de esas microflexiones. Sacó la lengua y percibió aire frío.

Intentó incorporarse, pero fue en vano, y de inmediato se sumió en un estado de pánico, empezando a hiperventilar y sentir los latidos atronadores de su propio corazón. De pronto cayó en la cuenta de que acaso su vida dependiese de una bolsa de aire atrapado, y enseguida procuró respirar más despacio. Se dijo que debía serenarse.

«Estás en una tumba de nieve, serénate.»

Respiró con calma. Notó que gradualmente el ritmo del corazón volvía a la normalidad.

«¿Una tumba de nieve? ¿Crees que eso es lo que te conviene pensar?»

Casi se produjo una escisión dentro de ella cuando la parte que deseaba abandonarse al pánico entró en conflicto con la parte que era muy consciente de que si pretendía sobrevivir, debía permanecer tranquila.

«¿Ya estás serena? ¿Lo estás? ¿Lo estás? Bien, pues cuando estés serena, llama a tu marido. Vendrá.»

—¡Jake!

Lo llamó a gritos, dos veces. Su voz le sonó extraña, lejana, amortiguada, como si le llegase a través de una línea telefónica de mala calidad. Dedujo que tenía los oídos taponados por la nieve.

Volvió a flexionar los dedos y nada cedió. Lo probó con cada articulación, como en un ejercicio de calentamiento en el gimnasio, empezando por los dedos de los pies y siguiendo con los tobillos, rodillas, caderas, codos, hombros. No había forma de liberarse. La nieve había quedado muy compacta en torno a ella.

Percibió una mínima movilidad en el cuello. Eso, unido al espacio despejado alrededor de la boca, la indujo a pensar que la reacción instintiva de cruzar los brazos ante la cara había sido su salvación. De momento. Dedujo que así había creado una bolsa de aire.

«Llámalo otra vez. Vendrá.»

—¡Jake!

«Vas a morir. En una tumba de nieve.»

Ni siquiera sabía en qué país iba a morir. Se hallaban justo en la frontera montañosa entre Francia y España, y los lugareños hablaban una lengua que no pertenecía ni a un estado ni al otro. Recordó que, según los antiguos griegos, los Pirineos eran piedras que sellaban una tumba.

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