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Authors: Alvaro Ganuza

Romance Extremo

BOOK: Romance Extremo
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ROMANCE EXTREMO

 

 

ÁLVARO GANUZA

PRIMERA PARTE

 

 

Bala perdida

CAPÍTULO 1

 

 

Bostezo, estiro los brazos y abro los ojos. Recorro la enorme habitación con la mirada y me incorporo al sentirme momentáneamente desubicada.

-Estoy en casa.- murmuro mientras me aparto el pelo de la cara.- Hogar, dulce hogar.

Llegué anoche de Madrid, donde he terminado la carrera de Ciencias Químicas en la Complutense. Ya estoy licenciada y ahora toca descansar el verano antes de meterme de lleno en el mundo laboral.

He recibido una oferta para entrar de becaría en una empresa farmacéutica de la capital, pero echaba de menos mi tierra, mi Valencia, ¡
amunt Valencia
!, y he decidido rechazarla para buscar algo por aquí. Sé que el tema laboral está muy difícil con la crisis y que lo más probable es que debería haber aceptado la oferta, pero soy buena, muy buena, y sé que encontraré algo cerca de casa.

Aparto el cómodo edredón y saco las piernas de la cama. Mi cuarto es tan grande como el piso de tres habitaciones que compartía en Madrid con Cayetana y Aurora. Papá siempre me ha mimado y consentido demasiado, puede que sea por la falta de madre, que falleció durante mi parto por una cesárea problemática.

Dispongo de un generoso baño privado con ducha y bañera de hidromasaje, un enorme vestidor lleno a rebosar de ropa, calzado y complementos, un precioso y bien surtido tocador que ya lo quisiera cualquier estrella de cine, una zona de relax con su cómodo sofá azul cielo en forma de “L” y un par de puffs morados, televisión de plasma, escritorio con ordenador de última generación, y un generoso balcón con vistas a los jardines delanteros de la Villa.

El despertador luminoso en forma de cubo rosa, que tantas mañanas me ha despertado en Madrid, marca las diez de la mañana. Me levanto y marcho al tocador.

-Dios mío, qué pintas tengo.- musito cuando me siento frente al espejo.

Mi larga y lisa melena morena parece un matojo, mis ojeras cada día están un poco más marcadas y hacen que mis ojos azules parezcan tristes, estoy blanca como la leche cuando yo siempre he sido de piel morena, aunque es lo que tiene no tomar el sol en meses y pasar horas bajo fluorescentes.

Cojo el cepillo y me peino como si me fuera la vida en ello, debe quedar los más liso posible. Después me doy una crema de día en la cara y tras colocarme bien el pijama amarillo de verano, abro los dos pares de ventanas que dan al balcón y salgo.

El cielo está completamente azul y sin nubes, el sol calienta y brilla en todo su esplendor, y apenas corre una suave brisa que se asemeja al roce de una dulce caricia.

Delante de mis ojos, hectáreas de un hermoso y muy cuidado jardín que rodea todo el caserón, y un ancho camino de piedra que llega desde la verja de entrada a Villa Victoria, llamada así por mi madre y por mí.

Mi habitación está en la segunda planta y centro de la residencia. Me apoyo en la barandilla de piedra color arena y miro hacia abajo, donde veo a dos empleados en seguridad de mi padre que vigilan el perímetro armados.

-Lo dicho, hogar, dulce hogar.- susurro irónica.

Levanto la vista hacia la azotea del tercer piso y veo a otro empleado de seguridad.

Resoplo, niego con la cabeza y regreso al interior de mi habitación.

Tras una relajante ducha, me visto con unas mallas color crema, una camisa blanca, botas planas hasta las rodillas de cuero marrón y me sujeto el pelo en una coleta.

Todavía tengo las maletas sin deshacer y la habitación está un poco caótica, pero ya se encargará una de las chicas del servicio de ordenármela. Espero que sea Graciela, que deja todo a mi gusto.

Salgo de mi cuarto y pongo los ojos en blanco, asqueada, cuando veo a dos tipos de seguridad flanqueando mi puerta. Visten de negro como todos, son enormes y van armados. El jefe de seguridad de mi padre cruza el pasillo horizontal y corro hacia él.

-¡Mylo!- le llamo.

Lleva con papá muchos años, desde que vino de Bulgaria allá por el año dos mil, y ya han pasado trece.

Es altísimo, algo así como dos metros quince, fuerte como un toro, cerca de los cuarenta pero más bueno que dos de veinte, moreno rapado, ojos grises peligrosos y se ve a la legua su aura extranjera.

Cuando voy a dar la esquina, él aparece como un rayo y casi me empotro contra su pecho. La verdad que no me importaría, aunque es como darte contra una pared.

-¡Uy, qué te como!- exclama sonriente.

¡Dios, qué sonrisa! Creo que siempre he estado un poco colada por él. Río y meneo la cabeza.

-Oye Mylo, ¿es necesario eso?- comento señalando a los dos gorilas que custodian mi cuarto.

-Ya sabes cómo es tu padre.

-Sé cómo es, lo sé muy bien.- murmuro enfadada.- Pero odio sentirme como en una cárcel.

Mylo asiente y apoya una de sus enormes manos en mi hombro.

-Veré lo que puedo hacer.

-Gracias. Ahora voy a verle, ¿sabes dónde está?

-Reunido en su despacho.

-Genial.

Camino por el pasillo, deslizando la mano por la brillante barandilla de madera y bajo las escaleras de dos en dos. No me gusta ver por casa a los miembros de seguridad, da la sensación de que estuviéramos en peligro constante.

Cuando me cruzo con las chicas del servicio, me abrazan felices de volver a tenerme en casa, especialmente Graciela, dominicana de sesenta años que lleva toda la vida en casa y siempre me ha tratado como a una hija.

Mylo me sigue hasta el despacho y cuando intento entrar, uno de los chicos de seguridad me lo impide, colocándome una mano en el hombro.

-El señor Pomeró está reunido.

-Soy su hija.

-Sé quién es, señorita, aun así deberá esperar.

Miro perpleja a su jefe.

-Éste es nuevo, ¿verdad?

Mylo asiente y sonríe divertido. Sabe qué viene ahora.

Cojo la mano del tipo y se la retuerzo hasta que cae de rodillas ante mí. Después clavo el pulgar e índice en su tráquea y me inclino para que me vea bien.

-Nunca, jamás, me digas lo que puedo o no puedo hacer.

Le suelto y le tiro a un lado para acto seguido cruzar la puerta con un orgulloso Mylo tras de mí. Él me enseñó a luchar y todas las llaves que conozco.

Mi padre, Bruno Pomeró, siempre trajeado, siempre afeitado, siempre bien arreglado su pelo carbón; es un hombre importante y respetado en su gremio. Un gremio del que no soy partidaria y que provoca una lucha en mi interior. Por un lado no estoy orgullosa de que sea uno de los mayores traficantes del país y por otro lado, adoro y venero a mi padre. Padre que no se ha vuelto a casar después de morir mamá hace veintitrés años.

Está sentado en la presidencia de la mesa ovalada de madera, acompañado por otros cuatro señores que se dedican a lo mismo que él solo que a menor escala. Clava sus ojos negros en mí y se levanta sonriente.

-Buenos días, princesa. Caballeros, les presento a mi hija, Victoria, acaba de llegar de Madrid.

Rodeo la mesa mientras sonrío y saludo educada a sus invitados. Cuando llego hasta él, rodeo su cuello con mis brazos y le doy un beso en su suave y afeitada mejilla.

-Buenos días.- le digo.- Solo venía a saludarte, no te molesto más.

Mi padre es alto, cerca de uno noventa, me saca unos veinte centímetros, y aunque parezca delgado, tiene mucha fuerza. Doy fe de ello ya que he sido testigo, aunque él nunca lo sabrá, de cómo le partía el brazo a un camello de barrio por intentar chulearle. Nadie tima a “el monarca de la costa blanca” como lo apodan los que le conocen.

-Cada vez te veo más hermosa, Victoria.- comenta uno de los hombres.

Mi padre le mira y yo también. Es Román Sorel, alias “el camaleón”, y le conozco de la cantidad de veces que ha estado en casa.

Tiene la edad de mi padre, no llegará a los cuarenta y cinco, no es tan alto como papá pero sí mucho más fornido, moreno engominado, bronceado y con aires chulescos debidos a las largas temporadas que pasa en Italia.

-
Bellisima principessa
.- piropea en italiano conforme inclina la cabeza.

-Gracias, señor Sorel.

Vuelvo a mirar a mi padre y le sonrío. Él me aprieta la mano.

-¿Vas a ir a montar a caballo?- susurra.

-Sí.- asiento ansiosa.

Me giro hacia el resto de hombres.

-Caballeros, no interrumpo más. Buenos días.

Suelto a mi padre y me dirijo a la salida del despacho donde se encuentra Mylo de pie. Le guiño un ojo y salgo. Él cierra la puerta y se queda dentro acompañando a mi padre.

El tipo de seguridad que se encuentra fuera y que antes he tratado duramente, me mira con recelo. Así aprenderá que si debe temer a mi padre, a mí mucho más.

Recorro los largos y anchos pasillos de la Villa hasta llegar a la enorme cocina. Adela se encuentra allí preparando los ingredientes de la comida que hará hoy. Es un cielo de mujer y me recuerda muchísimo a la Juani de la mítica serie Médico de Familia.

-Buenos días, chiquilla.

-Buenos días.

-¿Qué quiere desayunar mi angelito? Dímelo que te lo preparo en un santiamén.

Abro la gran nevera y cojo la jarra de zumo de naranja para servirme un vaso.

-Con un café con leche me vale, gracias.

-¿Solo eso?

-Sí, debo guardar la línea que estamos en la operación biquini.

-¡Ay, pero que tonta!- exclama.- ¡Si te estás quedando en los huesos como nuestro señor Jesucristo!

Rompo a reír por lo exagerada que es.

-¿No quieres un pedazo de
coca de llanda
? Está recién hecha.

-¡Uff, no! De verdad, Adela, con el café me vale y me sobra.

Me termino el zumo y me siento en la mesa de madera a esperar el café.

La mujer se mueve acelerada por la gran estancia y una vez me sirve la taza de café, continúa con sus labores.

Dos chicos de seguridad hacen acto de presencia en la cocina y al verme parecen relajarse.

-¿Queréis algo, muchachos?- pregunta Adela.

-Tranquila, nosotros nos servimos.- responde uno de ellos.

No venía por aquí desde hacía dos navidades, las últimas fue papá quién marchó a Madrid a pasarlas conmigo, y el verano pasado tampoco vine porque pasé la mitad en Madrid con mis abuelos maternos y la otra mitad en las Canarias con mis compañeras de facultad.

El caso es que exceptuando a Mylo, al resto de chicos no conozco. No me gusta que estén aquí, no me gusta que me sigan y controlen, y en definitiva, no quiero confraternizar con ellos.

Los dos cogen unos botellines de zumo de la nevera y se acomodan junto al mostrador, al otro lado de la cocina. Los ignoro y miro al exterior, a través de los ventanales.

¡Qué ganas tengo de ver a Júpiter!

Me termino rápidamente el café y antes de poder dejar la taza en el fregadero, Adela me la quita de las manos.

Paso por delante de los chicos sin mirarlos y salgo de la cocina, dirección entrada principal. En cuestión de segundos los tengo detrás, pero como he hecho siempre, intento ignorarlos a todos.

Salgo al exterior y cierro la puerta tras de mí, en sus narices, solo por joderles, odio que me sigan. Bajo el par de peldaños de piedra y continúo por el sendero de gravilla hacia la izquierda de la gran casa, hasta la construcción de cemento que hay a unos quinientos metros.

Llego a los establos y entro corriendo en busca de mi precioso corcel marrón.

-¡Júpiter!- le llamo cuando me acerco a su cuadra.

Él relincha, mueve las crines y yo río.

De un cubo de la entrada cojo una manzana y tras partirla por la mitad, se la tiendo a mi precioso caballo. Lo tengo desde hace seis años y antes solía salir mucho a cabalgar con papá, hasta que su pobre Rino, un precioso caballo árabe, negro azabache, falleció de una enfermedad rara.

Tras las caricias que hago a Júpiter, los mimos que parece querer él, y comprobar que está en perfectas condiciones, preparo la montura y lo saco del establo. Una vez en el exterior, monto sobre él.

-Javi, vete a buscar el Jeep.- dice uno de seguridad a su compañero.

-¿Qué vais a hacer?- me entrometo mosqueada.

-Debemos ir con usted, señorita.

-De eso nada, ya soy mayorcita y solo voy a dar una vuelta por los alrededores de la Villa. No necesito escoltas.

-Es una orden.- explica el tal Javi.

Tiro de las cinchas de Júpiter y éste se levanta sobre las patas traseras durante unos segundos. Cuando vuelve a bajar las delanteras, los señalo con el dedo.

-La orden queda anulada. Ya hablaré con mi padre y con Mylo.

Golpeo levemente con los talones a mi caballo y éste empieza a andar en dirección a la salida de la Villa. Los chicos siguen caminando a mi lado.

-De acuerdo.- acepta el anónimo.- Vuelva en una hora o iremos a buscarla.

-¡A mí tú no me das órdenes!- alzo la voz.- ¡Regresaré cuando me dé la gana!

Reitero los golpes con los talones y Júpiter empieza a trotar suavemente. Cuando llego a la verja, gesticulo con la cabeza al tipo que está dentro de la garita y éste me abre la barrera de metal, no muy convencido.

Villa Victoria se encuentra a las afueras de Benifaió, un precioso pueblo que se encuentra a unos veintiséis kilómetros de Valencia capital, y camino con Júpiter lentamente por el arcén de la calzada para que sus pezuñas no sufran.

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